¿Nunca le han dicho nada parecido cuando usted ha puesto en duda una afirmación sorprendente, improbable o directamente imposible?
Alguna vez he tenido que recurrir a testigos para convencer a alguien que aseguraba haberme visto en algún lugar y momento en el que no había estado. No suele bastar con negar ese hecho, en esa situación debes demostrar que no podías haber estado allí, que a esa hora estabas en otro lugar. Y su convencimiento nunca acaba de ser total. “¿Seguro?. Yo juraría que eras tú”
Lo curioso es que no existe diferencia en la convicción de la persona que te asegura algo así cuando no es posible que estuvieras donde dice haberte visto y cuando, efectivamente, te ha visto. La sensación o emoción que causa en esa persona esa experiencia es la misma tanto si se trata de un error como si no lo es.
La fuerza de esa percepción es tan abrumadora que suele ser frecuente que tu conocido, cuando se ve obligado a reconocer que no pudo haberte visto en ese lugar, añada algo como “Pues tienes un doble perfecto. Incluso vestía ropa que te he visto a ti”
La cosa suele terminar entre risas que celebran la simpática anécdota. Aunque en las del protagonista de la misma suele detectarse algún rastro de nerviosismo o desconcierto, quizá a él no le resultó exactamente simpática.
Cuando algún charlatán ha sido desenmascarado, por ejemplo, algún sanador por la fe norteamericano cuyos trucos para “conocer” los problemas de sus feligreses resultaron de todo menos sobrenaturales, incluso en el caso de ser juzgado y condenado, cuando queda claro que no pudo curar nadie, que era un falsario, no faltan testigos que aseguran que ellos han presenciado verdaderos prodigios del convicto. “Yo sé lo que vi.” “A mí me curó” Algunos “clientes”, cuyas enfermedades han acabado con su salud o su vida a pesar de creerse curados por el charlatán, no veían diferencia entre ser curado y creer haber sido curado. Quienes han sobrevivido y han podido recordar aquello insisten en su desconcierto, notaron mejoría, y no algo sutil, sino muy real. Su emoción, su percepción cuando al final fueron curados médicamente y la que experimentaron con el charlatán era la misma.
Cuando algún “avistamiento OVNI” ha sido explicado mediante objetos bien terrestres de manera que no quede duda, (alguno de ese 95% que hasta el ufólogo más crédulo reconoce como debido a “causas naturales”), los testimonios aparecen incoherentes con el verdadero comportamiento del objeto avistado. Lo que realmente vieron no pudo hacer lo que declaran que hizo. Pero su convicción se ve inalterada, o, en el mejor de los casos, se ve reducido a una confusión abrumadora. Esa convicción fue, al menos durante el tiempo en que se demoró la explicación, absolutamente igual a la que muestran los testigos de otros casos no explicados.
S. J Davey fue un asiduo a sesiones espiritistas convencido de estar asistiendo a manifestaciones de seres de ultratumba. Cuando descubrió que uno de ellos, el que él consideraba el mejor de entre los médium, Engliton, hacía trucos, descubrió que su convicción de hallarse ante verdaderos prodigios inexplicables era exactamente la misma que la que el causaba en los que asistían a sus propias demostraciones de poderes que él hacia con trucos en un espectáculo que diseñó para estudiar la validez de los testimonios incluso entre hombres de ciencia. Los que le defendían a él como verdadero médium antes de que descubriera que era un mero ilusionista, usaban los mismos argumentos y con la misma convicción con la que, en su día, el defendió a Engliton.
Algunos se negaron a creerle. Decían que Davey tenía poderes reales y que cuando realmente mentía era cuando aseguraba usar trucos.
También algunos testigos de los casos OVNI explicados se niegan a aceptar la explicación convencional a pesar de la evidencia y tratan de imaginar alguna explicación de tipo conspirativo o similar. Como en el caso de los “pacientes” de charlatanes convictos y confesos.
Mi conocido hubiera podido también explicar la contradicción entre su experiencia y los datos reales. Pudo insistir en que yo estaba allí y recurrir a bilocaciones, dimensiones desconocidas o cualquier cosa que se le ocurriera.
“Yo se lo que vi.”
Muchas personas se niegan a aceptar que la subjetividad de la experiencia tenga que doblegarse a los datos objetivos, y todos sentimos dificultades para aceptarlo sin alguna resistencia. Pero no tenemos alternativa. Sabemos que cometemos errores, que sufrimos ilusiones y que la sensación que nos invade nos resulta indistinguible de la que experimentamos en casos “reales”. Solo la contrastación con los datos objetivos nos puede ayudar a determinar si lo que vimos estaba o no allí. Cuando uno no miente, tiene una convicción de la misma fuerza y naturaleza que la que experimenta cuando padece un error, confusión o ilusión. Es la misma sensación.
Y su valor probatorio es nulo no solo cuando existen datos objetivos sobre la experiencia concreta. También carece de valor si enfrenta conocimientos sólidos.
Cuando una afirmación resulta más irracional que su negación, la elección racional queda clara. El resto es prejuicio.






